miércoles, diciembre 28, 2005

El original mató al remake

Fue la bella la que mató a la bestia. Sí, claro. También es cierto que Peter Jackson ha rodado un remake de una maravilla del cine. Un remake, no otra maravilla.
Es el recuerdo de la original la que mata al film de Jackson.
Pero a las generaciones que desconocen el film de Cooper y Willis, incluso a las que sólo han visto a la sensual Jessica Lange del 76, la película les cautivará. Mejor dicho, la fuerza de la historia les cautivará.
Porque es una historia bella, tan bella como todos los misterios que el hombre se ha ido encargando de borrar (menos mal que la ambientación sigue siendo la década de los treinta, cuando aún quedaban enigmas). Es una historia de amor fou, de amor imposible, de lealtad, un canto a la naturaleza y a la inocencia, una loa exaltada de la pureza frente a la codicia. Que el gran avaricioso sea un director de cine no es gratuito: el cine necesita nuevos espacios, necesita vampirizar inocencias.
Años y años de visitar el festival de Sitges me han hecho idolatrar aún más esa figura de Kong (protagonista de los fabulosos créditos del mismo). Como cuando de pequeño devoraba libros que hablaban de la odisea de los creadores de la historia, de cómo con la técnica del “stopmotion” Willis movia la figura de ese mono que en realidad era una miniatura. ¡Qué gran talento! ¡Cómo inventaron esa imagen tan emblemática, la del símio en lo alto del Empire State, luchando con unas avionetas! ¡Qué bien reflejaba la lucha de civilizaciones, el hombre frente a la bestia!. De niño pensaba en que, claro, el simio es nuestro antepasado directo. Es decir, Kong representaba al hombre sin civilizar, la emoción no contenida, las pulsiones desatados.
Ay. Me doy cuenta que de niño pensaba demasiado. Soñaba tanto como Cooper y Willis (sin su empuje, por desgracia).
Farfullos de madurillo: Hoy ya no se sueña tanto. Las nuevas generaciones representan a esos aviadores que abatirán a Kong. A esos espectadores que hoy reirían ante la poca expresividad del simio del año 33. Que no verían el inigualable lirismo de Cooper, que no necesitaba mostrar de manera tan explícita la complicidad mujer-mono y apostaba por la fuerza del sueño.
Pero hoy Jackson necesita deslumbrar durante más de tres horas. Mostrar más. Exhibirse. Divertir de la forma que hoy se divierten –casi- todos los espectadores: pensando que la pantalla del cine es una pantalla de videojuego, superando pruebas, superando obstáculos hasta el premio final. Hoy Cooper es el artesano frente al Ikea. El dibujante de comics frente al ilustrador de storys.
Y no es que le niegue méritos a Jackson. Mi amor reía y lloraba con lo que narraba, por ejemplo. Me sorprende, eso sí, su narración de manual: plano general-corto, corto-general…. Me sorprende no encontrar atisbos de esa personalidad arrolladora del director de “Criaturas celestiales” (muy por encima de su trilogía Tolkiniana).
Porque Jackson era el friki que nos representaba, el marginal creador gore que un día ganaba un oscar. Pero ha adelgazado. 40 kilos nada menos. Quizá lo que separaba el friki que un día quedó fascinado por un sueño del correcto responsable de un proyecto “mainstrean”.
Yo veo la nueva adaptación como un homenaje más a nuestro Copito de Nieve que al Kong original (muecas de Serkis incluidas, infinitamente más logradas que en cualquier recreación digital). Y así disfruté más. Recordando a ese gorila harto de ver cómo todos le diseccionaban.
Quizá así se sentiría Kong hoy. No sólo lucha contra avionetas, hoy lucha contra espectadores hastiados de imitaciones, de que les vendan sueños que no tienen nada de originales, de creativos, de esfuerzos de artesanos que ya no son titánicos, a contracorriente. Porque detrás del original Kong se escondían creadores que aún no habían perdido la inocencia.

viernes, diciembre 23, 2005

To live

Me temo que sólo tenemos una. A veces le sacamos más jugo, otras simplemente la miramos con cierto distanciamiento dejándola pasar de largo. Muchas veces, sólo recordamos lo que la queremos y necesitamos cuando se avecina un cambio negativo en ella. Me refiero -ya sé que juego al equívoco- a la vida, a nuestra vida.
Me gusta pensar en ella como una serie. Cada año, una temporada de 52 episodios. Hay temporadas insulsas, otras llenas de emoción e incluso hay algunos capítulos románticos (éstos suelen ser los más recordados después en nuestros propios flashbacks). Evolucionar, sin duda evolucionamos. Hay continuidad y van apareciendo y desapareciendo personajes secundarios. También, claro, hay desengaños, traiciones y villanos. Los amigos fieles del héroe y ese amor que es capaz de curar hasta tus lastimadas encías.
Ahora toca los episodios navideños de cada temporada (menos mal que todavía en mi serie los productores no me obligan a dedicarle una semana de recuerdo a Halloween).
Y como yo elijo la banda sonora del capítulo, suena “you take my heart away” sacadita de “Rocky”. Y, como al menos, yo escribo todavía mis diálogos, propongo un brindis por estos días (caray, yo soy hijo de James Stewart y del señor Potter, de Scrooge y sus amigos con cadenas: necesito brindar estos días...).
“Por la vida”. Es lo que decía Topol en “El violinista en el tejado”. Y los que le acompañaban brindaban y cantaban (bailar no sabían mucho, luego vendrían unos cosacos para ello).
Pues eso. Es mi episodio navideño. Y brindo por la vida. Y la de todos los personajes secundarios que me acompañan.

martes, diciembre 20, 2005

Reirnos de nosotros mismos

El digno sucesor de los comediantes clásicos, aquellos que sin alterarse protagonizaban las más absurdas situaciones, es John Cleese. Y sí, fue integrante y cabecilla de los muy transgresores –y avanzados- Python. Fue guionista de sus mejores gags y de joyas como “Un pez llamado Wanda”. Pero antes de acabar como argumentista de un comic de “Superman” y de suministrador de artilugios de Bond, Cleese protagonizó una serie muy breve, pero inmortal todavía hoy.
“Hotel Fatwly” provoca que me ría en cada uno de sus episodios. Porque el gerente de ese hotel de poca monta, Cleese, es un reflejo de lo más parodiable del ser humano: egoísta, tacaño, huraño, tramposo… y sin embargo, entrañable por reconocibles todos sus defectos. En realidad, todos los episodios giran en torno a malos entendidos y enredos varios, como toda alta comedia precisa. Pero la precisión de los giros es tal que el ritmo sigue su crescendo hasta un final siempre genial.
Los personajes que rodean a Cleese son su perfecto complemento: Manuel, el camarero de Barcelona que no entiende el inglés; su castradora mujer, única dosis de raciocinio; los estrambóticos y perpetuos inquilinos del hotel (ancianos olvidadizos y con grandes lagunas de memoria)… Y ver al protagonista intentando que su añejo hotel sea considerado destino de nobles y burgueses se convierte, más que en un acto de patetismo, en un vano intento de aquél que siempre será un perdedor en ser reconocido como algo más.
Pero es Cleese quien convierte la función en memorable: sus caras, sus medidos gestos y silencios… Una fisicidad (ayudado por su físico, largo, estirado, casi una marioneta con largos brazos) que se convertiría en claro referente de, por poner un ejemplo cercano, el Tricicle.
Para el recuerdo, el episodio en que gana una apuesta a los caballos y su dinero parará a manos de una vieja cascarrabias y medio-sorda. El momento en que, haciendo ver que habla, se dirige a la anciana hasta que ésta conecta su sonotone haría reir a un muerto. O a alguien un poco triste, como me pasó a mí hace nada.
Y me reí, claro. Ojalá siempre recordase que todos somos patéticos, y lo único que nos puede salvar es tomarnos todo con mucho, mucho sentido del humor. Como los demás no nos dejan reírnos de ellos, tendremos que reírnos de nosotros mismos.

viernes, diciembre 16, 2005

Dame como tres cincuenta

“South Park” es la serie de Televisión más irreverente que he podido ver nunca. Destila mala leche. Y sus tramas, al menos las cuatro primeras temporadas, rezumaban inteligencia y se mezclaban con fluidez. Los protagonistas, aunque insulten y digan tacos (no lo olvidemos, consecuencia directa de un film de Terrance y Phillips, sus cómicos favoritos) no dejan de comportarse como niños inocentes en muchas ocasiones. Y los adultos son reflejo de todo tipo de paranoias, inseguridades y males modernos. No hay un solo habitante del pueblo que no quede caricaturizado por la serie. Y la caricatura no viene dada por la estética feísta de la serie, sino por el comportamiento de sus personajes. Tal caracterización masiva sólo la he visto antes en “Los Simpsons”, donde casi podemos adivinar las reacciones de Barney o Moe antes de que se produzcan.
En las primeras temporadas, además, la trama principal y dos subtramas fluían con naturalidad, alcanzando todas siempre un clímax común. Y eso no es tan fácil como parece. De hecho, sus creadores acabaron utilizando sólo una.
Pero en algunos episodios los personajes, sus salidas dialécticas, las situaciones surrealistas en que se veían inmersos con toda naturalidad… todo formaba parte de la más alta comedia que jamás veré en una serie de animación.
Y el mejor ejemplo está en el episodio de la tercera temporada emitido ayer en “cuatro”: EL SÚCUBO, que contiene los mejores diálogos escritos nunca por Stone y Parker. Y, en concreto, dos personajes para la historia: los padres del chef, en tres intervenciones que rozan lo sublime. Tres intervenciones, tres historias sobre sus encuentros con el monstruo del lago Ness, que sólo quiere de ellos tres dólares con cincuenta (incluso disfrazándose de vendedora de galletas).
Nunca más volverán a intervenir en la serie.
Pero yo aún les recuerdo. Y, cuando estoy triste, intento –a veces, sólo a veces- comprar algo que cueste 3,50. Y me imagino que los súcubos aún existen. De hecho, yo conozco uno. Y un día le he de cantar una canción al revés para que revele al fin su forma monstruosa.

lunes, diciembre 12, 2005

El gran hermano te vigila (y tres)

La cuarta edición de GH fue la apuesta de la productora por el amor... ¿o debería decir sexo?. Probada la sangre humana, Zeppelín seguía dispuesta a proporcionarnos emociones fuertes. Atrezzo: un jacuzzi y múltiples fiestas regadas con abundante alcohol. Protagonistas: jóvenes salidos en busca de bellos cuerpos que, en plena Navidad, se nos muestran semidesnudos casi todos los días a causa de la excesiva calefacción y los propios focos.
Se da el primer conato de dignidad-espantada de uno de los ratones, María, una joven casada que, intuimos, era la futura tentación de Rafa, un seminarista con demasiadas ganas de abandonar el sacerdocio. Aquí los guionistas fallan. Sí, claro que hay guionistas. Y psicólogos que guían a los concursantes en sus fobias y pasiones. No sólo existe la manipulación de las cámaras. Existe también una manipulación dentro de la casa, cada vez más parecida a una sitcom con esforzados guionistas.
Aquí el prototipo de hombre rural-moderno, Pedro, gana por fin, propiciado sobre todo por la imagen de “víctima” de mal amoroso (por cierto, si alguien quiere ponerle algún día rostro a la avaricia, no tiene más que fotografiar la cara de Pedrito antes de ganar el gran premio). Como la avidez de fama y dinero fácil no es sólo intrínseca a los jóvenes españoles, GH se abre a la inmigración. Así, la dulce Desirée y Matías, la fiera del jacuzzi (y claro “topo” de la organización, claro catalizador de acontecimientos) forman la cuota extranjera.
Los concursantes masculinos (Nacho, Mario, el soso Rafa…) quedan de nuevo eclipsados y ninguneados por las féminas, licencia para matar incluida (Anna, Judith, sobre todo Inma -“éste es para mí”-). Siguen llegando a la final aquellos concursantes que son percibidos como débiles, resistentes al acoso, sufridores en silencio. Así, los que “destacan” y se hacen notar rápidamente, son los primeros eliminados. No creo que sea por castigar a los “líderes”, no. Más bien creo que destacar en un programa donde los concursantes no son conocidos precisamente por sobresalir en ningún oficio o actividad, consiste casi siempre en gritar, coaccionar o conspirar a las espaldas. Al menos, todavía eso es visto como negativo.
Tele 5 se equivoca al apostar convertir al programa en estandarte navideño. Los ratones no son estrellas, sí guapos, pero son totalmente anodinos. El programa pierde definitivamente toda excusa de “Experimento sociológico” y se convierte en símbolo de toda una sociedad que rechaza el esfuerzo y la inteligencia, que es consciente de las injusticias de todo un sistema que condena al débil y sin medios.
La televisión, por si había alguna duda, es tal y como nos predijo Orwell. Y los sacrificados a los leones son gente como nosotros, españolitos de a pie. Ya no buscaremos el glamour de Garbos o Brandos. Ahora prima la rápida identificación, el pensar que “yo podría estar ahí”.

viernes, diciembre 09, 2005

El poder de Cristo te obliga

De “El exorcista” se podría hablar mucho, y no sólo de las múltiples parodias que ha suscitado (señal de su trascendencia).
“El exorcista” representa un modelo de cine ya obsoleto, por desgracia. El del film que sugiere más que muestra. El del film que hace que reconstruyamos el pasado de sus personajes sin explicaciones obvias ni redundantes. El del film que retrata a sus protagonistas por sus actos y no por los estereotipos trillados.
Es una película que deja en el espectador más preguntas que respuestas. No importa el porqué de la posesión, ni el lugar, ni la persona. No importa si la madre de Karras está en el infierno o no. No importa el cómo muere Merrin.
Importa su atmósfera irreal. Su apuesta por las pasiones más recónditas, y no por las truculencias. Importa más ver la progresiva seguridad de Karras (ese alzacuellos que tanto le oprime…) que el efectismo de la posesión (de hecho, reservado para los últimos minutos). Importa más la figura del padre ausente de la niña que el mismo demonio que la poseerá, en una muy sutil y elegante equiparación. Importa –y dice- más sobre Karras una breve conversación con su tío (en el que le acusa de no enriquecerse y haber preferido los hábitos) que mil planos del personaje hablando sobre su pena.
Los héroes del film son dos sacerdotes, débiles y cansados los dos. Uno joven y atormentado y uno anciano y castigado.
Damien Karras (leonino, demoníaco aspecto el suyo) duda sobre su trayectoria. Podría haber escogido el camino de la riqueza material, el camino de la satisfacción inmediata. Pierde de la forma más miserable a su ser más querido, su madre (mencionada en una conversación ajena, nos enteramos casi de la misma forma que él, que no lo supo hasta días más tarde). Y es el demonio, curiosamente, quien le indica el camino de la redención, del sacrificio. Karras dedicará al final su vida y su muerte a ayudar a los demás.
Lankaster Merrin tiene varias cuentas pendientes con el demonio. Cuentas que saldarán en un último enfrentamiento. Su pasado misterioso inspirará –creo que evidentemente- a otro gran personaje, John Constantine. Sus paralelismos con Karras son evidentes: es un arqueólogo que ha abrazado la fe (por encima de un maltrecho físico) después de sobrevivir a muchas luchas, interiores y exteriores. Su primera aparición, saliendo de las penumbras para luchar contra la misma oscuridad es de antología.
Aunque yo me quedo con una escena para la historia: el mismo Merrin, de espaldas, recibe una orden del Vaticano donde se le informa de lo acontecido. Es un aviso que él ya espera. Sin mostrar ninguna reacción aparente, se guarda la nota en un bolsillo y continúa su camino. Nunca veremos su cara ni oiremos su voz. Su calma dice ya todo del personaje.
Así se transmite el terror: cuando está insertado en lo cotidiano.

miércoles, diciembre 07, 2005

El último capitán

La rebeldía también está de baja. Y no me refiero al imperante conformismo, o pasotismo, o como quieran ustedes llamar a la creciente ola de nula colaboración cívica que nos aqueja. No. Me refiero al destinatario de toda rebeldía. Fumar en el metro, quemar el coche de tu vecino… eso lo único que hace es fastidiar a tu prójimo (si al menos se quemara el coche de algún banquero, político o similar…).
Cuando uno es joven, el sentido de pertenencia a un grupo o banda es muy grande. Incluso sigues códigos de “honor”: un rocker no tragará a un mod, un “ñeta” odiará a los “latin” y así…. La edad, afortunadamente, hace que más tarde veas esto como una tontería. Aprendes a situar cada cosa en su sitio. Bueno, a algunos la edad no hace más que acentuar la tontería, sí.
Hace sólo unos años yo admiraba a varios futbolistas. Eran la imagen del club de tus amores. Los identificabas con unos colores, con unos compromisos. Los veías sufrir con las derrotas, animar a sus compañeros, medir sus declaraciones…. Eran épocas en que los salarios desorbitados no medían la valía del jugador, en que las primas eran sólo un bono cuando se alcanzaba un trofeo… Una época en la que un jugador podía permanecer doce, quince años seguidos en el mismo club.
Y un día descubrí que todo eso había cambiado. Se me dijo que era la globalización esa. O los imperativos del mercado. Todavía no sé muy bien qué cambió o si el que cambió fue el aficionado.
Sí sé en qué momento lo descubrí.
Lo descubrí cuando echaron de malos modos a Fernando Hierro, el último baluarte, el último de los que rendían respeto a los que le enseñaron. Cuando a Hierro lo retiraron de la liga española, se fue el último jugador de la élite que aún era mayor que yo. Y. a mis ojos, sólo quedaron jovencitos imberbes muy mal educados, poco compañeros y sólo preocupados por el dinero (o, al menos, ya no lo disimulaban). Florentino Pérez, pues, también me jubiló a mí del fútbol masivo.
Hierro no era el más caballeroso jugador que he visto. No. Esos ya estaban hace tiempo fuera de circulación. Los Santillana, Esteban, Señor… esos ya sólo eran cromos gastados. Y sí, jugaban aún los Guardiola, los Amor… Pero Hierro tenía una cierta aureola crespuscular. Como Neville. Como el William Holden de “Grupo Salvaje”. Era el hombre que levantaba a Zubizarreta después de la derrota, el hombre que no dudaba en coger de la solapa a un compañero por negarse a pasar la pelota a otro…
Un jugador tan implicado que podías pensar se le quitaban las ganas de cenar cuando perdía.
Y la afición nunca fue generosa con él: ya mayor, continuamente se hacían encuestas sobre si había que adelantarle la jubilación (en eso, igual que su pupilo Raúl). Era lento, sí, pero cuando no jugaba todo se resentía. Porque él aportaba también generosas dosis de coraje y empuje. Odiado por sus rivales y respetado por sus compañeros. El último capitán.
Fue el último de toda una estirpe. Y sólo unos años después lo veo claro. El último jugador de fútbol que respeté como tal.

lunes, diciembre 05, 2005

El gran hermano te vigila (segunda parte)

En la tercera edición, definitivamente, Gran Hermano vendió su alma al diablo por un poquito más de share. Como la vida cotidiana se había convertido en un muermo, y los momentos divertidos y festivos no eran suficientemente apreciados por la audiencia (ah, me temo que valoramos más un culebrón que el toque Lubitsch), Zeppelín apostó por las broncas y el casting agresivo. El definitivo salto al vacío. Llegó el momento de la falta de educación recubierta de “sinceridad” (en todo caso, de gritar “nuestra” verdad para que el otro no diga la suya). Todos los concursantes ya están o detrás de los premios o detrás de la efímera popularidad. Y para destacar, para que se fijen en ellos, nada mejor que armar una buena bronca.
Lo malo es que funciona. Que gusta.
Es la primera edición en que buscan ya la polarización, los dos grupos rápidamente confrontados. Los expertos de marketing saben que esto es como aficionarte a un club de fútbol: si consiguen una cierta identificación o simpatía con uno de los concursantes, ya han triunfado. Justificarás sus actitudes, como un buen “amigo”. Te pondrás de su lado, seguirás sus desventuras creyendo que es parecido a ti (cuando posiblemente sólo interpreta otro rol más), incluso es posible que acabes votando y ayudando a ingresar las arcas de la cadena. De hecho, mirando toda la parrilla comprobamos que la principal misión del programa es proporcionar “carne fresca”, nutrir de banales comentarios todos los programas que, en realidad, no tienen tema alguno que tratar. Pero todavía la gran mentira se intenta ocultar. Ya no se juega la carta del “experimento de convivencia”. Pero todavía ese mensaje no ha desparecido del inconsciente colectivo.
Quizá la más ilustrativa metáfora de lo que se pretende sea la elección del presentador: Pepe Navarro, el rey de la carnaza, y sus entrevistas ofensivas con el “débil” es el mejor ejemplo de lo que la cadena espera de sus ratoncitos (sólo recordar que su favorito era Kiko, ejemplo posterior de coherencia-basura).
Hay pautas que se repiten: la primera expulsada-futura polemista mediática (Noemí), otro intento de héroe rural (Jacinto, condenado por no ser dócil con la dirección del programa: ejemplo claro de cómo unas buenas imágenes bien montadas y repetidas hasta la saciedad logran crear una imagen negativa del concursante), el buen chico destinado a ganar (Oscar, que tuvo que abandonar, dejará su puesto a Javito, el menos malo de los que quedarán)… Pero las nuevas cartas se enseñan pronto: dos “fieras con carácter” (en realidad, mal genio, poca educación, mucho vocerío y bastante incapacidad para la convivencia) proporcionan momentos realmente violentos (Raquel y Patricia, claro). Resulta curioso que los peores ejemplos que proponga sean féminas, pero ahí radica la otra apuesta de la cadena: que sean chicas las que rápidamente sean percibidas como elementos disonantes en la convivencia no se debe a un ramalazo machista, no. Se debe a que son más políticamente correctas: se tolera mejor a una mujer gritando y amenazando que a un hombre (que sería rápidamente y masivamente defenestrado y expulsado). El ejemplo Carlos todavía está cercano.
Se intenta jugar también la carta sexual, que explotará en la siguiente edición. Pero la homosexualidad de Raquel y Elba no es explícita. Y el stripper Ness no deja de ser un elemento decorativo debido a su poca predisposición a dejarse llevar por escarceos amorosos (Matías será su sucesor más exitoso): demasiado claro tenía que el negocio estaba fuera de la casa. Ahí es donde les colarán más goles a la producción: tener concursantes que están pensando más en salir que jugar nos recordará constantemente que, en realidad, los engañados somos nosotros.
Pero lo más ilustrativo me lo dejo para el final: Jorge intenta crear un rol absolutamente falso (y se demostrará que no se puede fingir sin la complacencia de Ontiveros durante 100 días) y Kiko representa…. Bueno, representa la figura del trepa sacado directamente de “Machtpoint” (los intentos de Onti para que su parejita con Patricia llegara a la final son de manual de manipulación comunicativa, paseo en coche por Madrid incluido). Todo vale.
Pero los seguidores-defensores del concurso (que los hay), los que creen en las reglas del mismo, pronto se ven descolocados: las mismas normas son constantemente cambiadas sobre la marcha. El infierno está aquí. Y viendo el programa (y los familiares de los concursantes) está más que claro: el infierno somos nosotros.

viernes, diciembre 02, 2005

A veces es mejor seguir adelante

Es difícil que un guionista en la actual Marvel permanezca más de 12 números seguidos al frente de una colección.
Ahora se prima el impacto mediático, contar pequeñas historias que no alteren el status quo de un personaje para ser recopiladas posteriormente en tomos (lo que lleva que una historia que antes se contaba en dos números ahora se alargue innecesariamente a seis).
En los 80 y 90, hubo un guionista que permaneció 14 años al frente de "El increíble Hulk", rescatando al personaje del olvido y volviéndolo complejo, interesante, poliédrico.
Se llama Peter David, maestro y friki. Enorme argumentista, excelente dialoguista. 14 años construyendo una única historia. Leer ahora todos sus números es una lección de humildad a aquellos que creen saber escribir (los podéis encontrar fácilmente en el coleccionable de 50 números de Planeta, todavía disponible en tiendas especializadas).
Y un día le obligaron a dejar la colección, cuando remontaba el vuelo tras un problemático divorcio y algunos problemas personales. Cuando tenía en la recámara decenas de historias que aún quería contar. Malos tiempos para la lírica, sí.
Y decidió acabar de la manera más poética posible. En dos números que significan su adiós a sus personajes más queridos (The Incredible Hulk 466 y 467). Sabedor que sus logros serán desbaratados, más temprano que tarde, por futuros guionistas, decide matar a Betty, su personaje favorito (en una clara metáfora al fin de su matrimonio real, día y hora exactos) y cuenta (en boca de un secundario, Rick) todos sus planes para la serie, todos aquellos planes que ya no contará. Decide contar el posible futuro de Hulk, tal y como él lo contaría. Un aluvión de tramas y subtramas que se resiste a que el aficionado no conozca. Los planes de tres años, 36 números aproximadamente, de colección. Todos sabemos que hay personajes a los que no se les deja crecer, evolucionar... por eso impresiona tanto ver que todos estos años David tenía una idea clara de adónde llegar, de qué contar. Es el 467 un número crepuscular, un número donde vemos envejecer a todos los personajes, donde contemplamos su destino. Nunca he visto una despedida mejor en condiciones tan adversas.
Pues bien, en un determinado momento, un Bruce Banner desesperado, suicida, le comenta a Rick "Creo que Marlo y tú os habéis separado. Reorganiza tu vida, Rick. Descubre qué es lo importante. Es la única lección que puedo darte. He buscado el poder. Lo he buscado intentando dominar la naturaleza mientras la destruía. Ser el más fuerte que existe. Pero el único poder significativo es el poder que tenemos de ayudarnos unos a otros. Y ningún poder supera al amor, Rick. Es cursi, pero es verdad". Es Rick quien narra ese encuentro. Bruce se marcha y le vuelve a comentar "A veces es mejor seguir adelante". Se despide y es la última vez que se ven. Y Rick se pasa los siguientes años esperando su vuelta, recordando el sabor de un beso de Betty, buscando motivos para vivir, sobreponiéndose a las tragedias de una colección ya de por sí trágica. Hasta que el guionista escribe su última frase: "Ésta es mi historia, y ya he contado bastante".
Y es que a veces no hay nada más que contar.

jueves, diciembre 01, 2005

El Gran Hermano te vigila (primera parte)

La educación está de baja. Out. Casi acabada. No cotiza en bolsa.
Ahora se estila la prepotencia, la chulería, la agresividad recubierta de “sinceridad”, el mal genio disfrazado de “carácter”.
Yo confieso: soy seguidor de “Gran Hermano” desde su primera edición. No me fascina el programa en sí, sino la reacción de la audiencia ante él. Desgranar como, temporada tras temporada, nuestras exigencias morales van disminuyendo, nuestros baremos de convivencia van distorsionándose. No hablo de manipulaciones, sutiles o no, desde la productora que realiza el programa, no. Esas siempre han existido.
Nada mejor que un breve repaso de las ediciones realizadas hasta ahora para corroborar mi teoría:
1ª edición) Año 2000. La edición de los pactos y los topos: el share hasta un 76%. Lo nunca visto. Para el recuerdo, la cara de Iván e Ismael cuando se veían en portadas de revistas. Irrepetible. Se premiaba la convivencia, se “castigaba” todavía conductas que cinco años después se nos antojan cotidianas (Marina, por ejemplo, casada y enamorándose de otro). Se estigmatizaba a un concursante por ¡un corte de mangas! (Vanesa, la “mala” de la edición). La conducta de los concursantes fuera del programa, en su vida cotidiana, influía en la decisión del público (ahí es donde empieza la ristra de amigos y parientes paseándose por los platós: la demanda de información, de saberlo todo sobre los conejillos). La conducta infantil e inocente (Iñigo) es vista con simpatía. Algo ya nos anuncia la rápida degeneración: un universitario, Koldo, está totalmente fuera de sítio. Iván, un bregado asturiano, es el estratega: tener unos años más significa manejar mejor las situaciones. Se premia la simpatía y el buen rollo: Ismael (que se condenará más tarde en otro reality) gana ante el topo de la propia productora, Ania. Silvia e Israel son los héroes: su amor es sincero y real. Y nace un mito: Jorge Berrocal, él solito me engancha para siempre al reality. Pero todavía reímos con él, no de él.
2ª edición) Es la que mejor representa esa lenta transición moral. A Zeppelín le cuesta Dios y ayuda repetir el éxito: es también la que mejor refleja lo que es la auténtica convivencia. Interminables partidas de parchís, conversaciones sobre naderías y el héroe rural, Fran, que se pasa durmiendo 90 días seguidos (eso sí, despierto nos obsequia con los únicos momentos para recordar). Gana la persona (Sabrina) que mejor sabe reflejar los valores hasta ahora considerados estimables: el sacrificio, la humildad, el esfuerzo, el compañerismo. Carlos es expulsado por ser muy políticamente incorrecto. Angel es condenado por –así lo apreciábamos entonces- menospreciar a la ganadora (algo parecido a lo que le pasa a Alonso con Mari: el machismo sutil es castigado sin demagogias). A Eva le hace flaco favor su padre, ejemplo de intolerancia, fuera de la casa de Guadalix. Pero algo empieza a cambiar: aparece el “profesionalismo” (Marta) que enturbiará todo. Se decide que hay que buscar el espectáculo antes que el aburrimiento. Quizá ahí radica la clave: estamos a apunto de comprobar cómo la audiencia reacciona ante conductas que distaban mucho de ser consideradas normales para una convivencia. Se prepara el terreno para considerar el enfrentamiento, el menosprecio y el insulto como “normal”, “sincero” y “real como la vida”.
Y ahí está mi pregunta: ¿hasta dónde llega la influencia de programas como éste en nuestra vida cotidiana y hasta dónde la propia vida condiciona a estos programas? ¿Menospreciamos al programa y adláteres o es él quien nos menosprecia?

El héroe que llevamos dentro

Cuando era pequeño mi héroe era Spiderman.
Porque todos necesitamos un héroe. Y era fácil identificarse con Peter Parker: atenazado por la culpa, por el remordimiento de saberse cómplice indirecto de la muerte de su tío y por el miedo a poner en peligro a sus seres queridos, nuestro trepamuros llevaba en secreto su doble identidad. Porque todo gran poder, como sabemos, conlleva una gran responsabilidad. Porque la heroicidad consistía en no esperar reconocimiento público, en saber que estaba haciendo lo correcto. Peter era un desastre en su vida personal: sin dinero, vilipendiado por su jefe Jameson, condenado a esconderse –y ser llamado cobarde- de las chicas que amaba. El eterno incomprendido. El empollón torpe.
Así era Peter de adolescente. Es cierto que, con los años, el héroe creció, se casó con la mujer de su vida y asumió una madurez responsable. Pero, ¿cuándo no había sido responsable?. La vida, al fin y al cabo, es ir asumiendo decisiones.
Yo crecí con Peter.
Crecí y me gradué como él. Trabajé en empleos basura como él. Me abandonaron novias como a él. Fui amigo de mis amigos. Me fallé y me fallaron. Encontré a la mujer de mi vida y la perdí. La reencontré y la quise más. Todo eso lo leí en sus aventuras.
Sí, es cierto. Yo no trepaba muros. Ni lanzaba telarañas haciendo bromas infantiles.Por eso, claro, era mi héroe. Porque me reconocía en él y, al mismo tiempo, realizaba hazañas imposibles de imaginar para mí. Era un perdedor para los demás. Pero un héroe para sí mismo. Y, más importante, para quienes le querían y confiaban en él. Era una buena persona. Sencilla, honesta, sacrificada. Un ejemplo. Una esperanza de ser mejor.
De pequeño siempre quise ver una peli que reflejara todo eso.
Ahora, por si alguien no la hubiera visto ya, podéis verla. En Canal + vuelven a emitir “Spiderman 2” . Es magia. Podréis ver a Peter debatirse entre sus deseos y su responsabilidad. Y miradas. Podréis ver miradas que se buscan, que dicen todo sin decir nada. Veréis a Robbie (ese Robertson ídolo de mi hermano: el ejemplo de cómo un buen secundario puede construirse con los años) mirar cómplice a Peter, a tía May –que tira comics como mi madre, ay- bendiciendo a su sobrino sin decírselo. A Mary Jane buscar al que sabe su amor en una butaca vacía, en un callejón oscuro. Veréis a Spiderman sin su máscara en multitud de ocasiones. Porque la máscara no hace al héroe.
Vuestro sentido arácnido no dejará de vibrar. Porque Raimi nos recuerda que todos necesitamos un héroe. Y el mío fue, es, siempre será, Spiderman.